Parece ser que nuestra civilización está inmersa en problemas de relaciones afectivas, en general, y familiares, en particular.

Hogares desestructurados, familias monoparentales y parejas infelices que se dejan sin razón, o se aguantan sin motivo, dibujan un cuadro predominante de una sociedad que no ha sabido traducir el bienestar emocional en su riqueza económica.

La mayoría de las parejas inician el periplo de su vida en común en ese estado de reconocimiento y emoción exacerbada que llamamos enamoramiento. La pareja, al principio la mayoría se sienten rebosante de pasión generalizada, a lo intelectual, emocional y sexual. Cada miembro de la pareja encuentra en el otro un terreno desconocido y fascinante para él por ser nuevo y familiar a lo vez, sentimientos de la pareja que son más de redescubrimiento que realmente descubrimiento. Pero, ¿cuánto dura este sentimiento en la pareja?

En la intimidad, como en la mayoría de las situaciones, tendemos a recrear lo que ya conocemos. Pero estamos en una dialéctica interna y el drama de hoy no es el mismo que el de ayer. Vamos cambiando papeles pero sin embargo la dinámica de la relación, las cuestiones interpersonales con las que nos debatimos constituye algo que la mayoría llevamos con nosotros al matrimonio, interpretando el patrón que aprendimos al crecer.

Según una verdad existencial y espiritual, todos tenemos un valor y un mérito por el hecho de estar viviendo, no por lo que podamos hacer o tener o por la manera de cómo puedan vernos los demás. La socialización tradicional enseña a las chicas a filtrar su sentido del mérito personal a través de la conexión que establecen con los demás, lo que a menudo supone un coste para ellas y en cambio enseñan a los chicos a filtrar su sentido del mérito personal a través de su rendimiento. Ninguno de los dos sexos aprende con ello nada de la auténtica comunicación, no consiguen una autentica autoestima que le permita una comunicación intima que favorezca las relaciones. La pareja, hombre y mujeres salimos mal parados de la socialización tradicional. Los hombres afectados por la presión social y aunque las mujeres lo soportan mejor pero en general la cultura y hasta ahora la educación no nos enseñan a mantener una relación sana ni entre sí y con los demás. En las parejas, parece que tanto los hombres buscan a una mujer que ya no existe, como las mujeres a un hombre que todavía no existen.

Las parejas se suelen enzarzar en batallas de percepción, peleas que comportan un despilfarro de energía pero con las que no llegan a ninguna conclusión, para algunas parejas hay mucho que aprender y superar.

Debemos aprender a escuchar, a expresar, a negociar, a respetar… todo con el fin de favorecer una comunicación fluida, donde aparezca la comprensión, el respeto y el entendimiento, en definitiva una buena relación.

Francisca Vargas Real